martes, 14 de junio de 2016

EL AUTOR POÉTICO COMO VACA



EL AUTOR POÉTICO COMO VACA

El ganado ovino, las vacas especialmente, son fáciles de
manejar en grupo.
Si salvamos
su olor hediondo,
son fuente de numerosos productos alimenticios.
Basta con ir guiándolas,
a punta de vara,
para que ellas solitas se dirijan al lugar en que les damos
lo preciso para el engorde y el final sacrificio.
A veces
hay una vaca renuente,
un estúpido animal,
que se resiste a ser guiado
y que provoca que las demás recelen.
Con esa hay que emplearse a fondo,
hacer un uso más constante de la vara.
Finalmente avanzará,
con los ojos desorbitados
hacia el lugar que se había previsto.
¿Qué pensará la vaca,
qué habrá en su cabeza cuando recibe el castigo?
Ni idea,
es una vaca,
¿a quién coño le importa?
Como cadáver, la vaca alcanza su estado ideal:
ahí es cuando se le saca provecho
y los gastos de su manutención son finalmente cero.
Es el momento de recoger beneficios:
se despieza, despelleja,
se saca provecho de cada una de sus partes
y eso da de comer a gran número de profesionales
dedicados a ello.





jueves, 9 de junio de 2016

Antonio Cabrera - Corteza de Abedul



Debo decir en primer lugar que Corteza de Abedul es un libro que me entusiasma. Me encanta la sensación de haber llegado a una novedad que perdurará como una obra importante, un hito en la poesía española. Si ya no estaba dentro de una madurez muy acusada la poesía de Antonio Cabrera, con esta nueva entrega de sus estudios naturales, de sus prospecciones sensoriales y la emocionalidad de las mismas, alcanza un punto de maestría que merece nuestra alabanza y reconocimiento.
Este es el tema del mismo: la materia, al exterioridad y la forma en la que el yo (de Antonio Cabrera, aunque es un yo de aspiraciones universales) se despliega sobre lo exterior. La elección de pretextos naturales (paisajes, instantes, la textura del tiempo, frutos, aves…) viene siendo común a lo largo de su obra y muestra su preferencia vital, la de alguien que está en el mundo para realizar una detallada contemplación.
Es de agradecer que esa exploración del ego no sea la del yo biográfico, sino la del yo volcado sobre la materia y el tiempo, en su sensorialidad, para realizar un inventario inmanente del modo en que conforma el mundo, para establecer en cierto modo los límites de la trascendencia. Pero esa mundoconformación no corresponde a la de, pongamos por ejemplo, la sensibilidad kantiana en cuanto a facultad, sino la del yo psicológico. Así en este texto se produce un trayecto de interiorización desde lo puramente externo a la textura emocional de los objetos y de ahí, aún más adentro, al yo que saborea la emoción que la materia y el tiempo provocan.
Corteza de Abedul tiene ese algo de apunte en miniatura propio de los cuadernos de campo que usan los naturalistas. Personalmente tengo gran debilidad por esas preciosas colecciones de dibujos acompañadas de texto manuscrito. El libro, sin ser con exactitud eso, se vale de ese espíritu y ese proceder.
Por esa razón a veces tal prospección de la materia al yo, siendo alta poesía, muestra algo de lo que tiene la labor del científico, el sereno estudio que finalmente homenajea la belleza y complejidad del mundo. Ese sentimiento, llevado a primer plano, produce sin duda una ebriedad que este libro va sirviendo en sabias dosis, en un ejercicio de contención que da la ración exacta que el lector necesita.
Corteza de Abedul es poesía para paladares delicados, como por otra parte ocurre con toda la obra de Antonio cabrera. Es versificación precisa, que aprovecha el poder eufónico de nuestro idioma, la maravillosa variedad gramatical y fonética cuyas texturas dan adorno y tono a la intensidad del sentimiento de que parte el afán de poetizar.
Corteza de Abedul da mucho. Hay que correr a leerlo, hay que pasear con sereno placer por sus hojas.



Un ejemplo:

III. Cumulonimbo

CÓMO te expandes yendo a nada,
nube imparable.
En ti, febril y majestuosa, ¿qué miramos?
Eres lo diferente
despegándose,
agua decepcionada, tropo altivo,
vapor de decisión.
Aumentas
hacia la lluvia y el relámpago,
y al desplomarte en agua y luz quebrada
la tierra te derrota.
O creces
como lánguido yunque de vacío
hasta deshilacharte,
andrajo de un gran no.

Corteza de Abedul, Tusquets Editores, Nuevos textos Sagrados, Barcelona, 2016, pag. 31.