jueves, 21 de enero de 2016

Raymond Carver



He estado entreteniéndome en la traducción de este magnífico poema de Raymond Carver, de su libro “Donde el agua se une a otras aguas”. Hay una versión de su obra poética en Bartleby Editores, que, como casi todo lo que publican, es un libro maravilloso. Se titula “Todos nosotros”, traducido por Jaime Priede.

EL PRÓXIMO AÑO (Raymond Carver)

Esa primera semana en Santa Bárbara no fue lo peor
que iba a suceder. La segunda semana él se cayó de cabeza
mientras bebía, antes de una lectura.
En el escenario, esa segunda semana, ella cogió el micrófono
de las manos del cantante y entonó su propia
canción sentimental. Entonces bailó. Y luego se desplomó
sobre la mesa. Eso no fue lo peor, en cambio. Los
encarcelaron esa segunda semana. Él no conducía,
así que le ficharon, le vistieron con un pijama
y le ingresaron en desintoxicación. Le dijeron que durmiera un poco.
Le dijeron que podría ver a su mujer por la mañana.
Pero, ¿cómo iba a dormir si no le permitirían
cerrar la puerta de su habitación?
La luz verde del pasillo entraba en el cuarto,
así como el sonido de un hombre gimoteando.
A su mujer le habían pedido que dijera el abecedario
a un lado de la carretera, en mitad de la noche.
Esto es bastante raro. Pero los polis le ordenaron
que se pusiese a la pata coja, y cerrara los ojos
y tratara de tocarse la nariz con el dedo índice.
A todo lo cual se negó.
La encarcelaron por resistencia a la autoridad.
Él pagó la fianza cuando salió de desintoxicación.
Condujeron hasta su casa hechos una ruina.
Esto no es lo peor. Su hija había escogido esa noche
para marcharse de casa. Dejó una nota:
“Los dos estáis locos. Dadme un respiro, POR FAVOR.
No me sigáis”.
Eso aún no es lo peor. Seguían
pensando que eran las personas que decían ser.
Respondían a los mismos nombres.
Hacían el amor con personas con esos nombres.
Noches sin principio que no tenían final.
Hablaban de un pasado como si realmente hubiera existido.
Se decían a sí mismos que esta vez el próximo año,
esta vez el próximo año

las cosas serían diferentes.


lunes, 11 de enero de 2016

David Bowie



Lo más importante del rock y pop, su absoluta era de oro, ocurrió entre los años 67 y 74. Y justo en el centro de esos años apareció una figura esencial: David Bowie. Hoy nos hemos desayunado con la malísima noticia de su muerte, tras una enfermedad larga y puñetera. Ya sólo por el disco The Rise and Fall of Ziggy Stardust debería pasar a la historia del pop-rock como una figura ineludible, pero él fue (suena raro mencionarlo en pasado) muchísimo más. Se une a la ausencia de monstruos absolutos como Marc Bolan, Freddy Mercury, de quienes fue camarada. Tras los maquillajes, el transformismo, la pose se va un hacedor de bellas y nostálgicas canciones, un alquimista de cuyas manos salió, por ejemplo, Transformer, el gran Lp de Lou Reed. Inició la década del glam, el glitter, el falso lujo, las plataformas, las arañas de Marte, los desayunos en Plutón y demás montajes de tramoya más allá de los cuales late una nostalgia de perros callejeros y tristeza sincera. No contento con ello, inició junto a Brian Ferry la new wave, que dominaría la lista de éxitos en los 80. Luego vinieron más discos, nuevos proyectos durante dos décadas menos brillantes, pero aun así, muy interesantes.
He pasado muchos ratos escuchando la música de esta cosa rara llamada glam y en el menú siempre, sin excepción, estaba David Bowie, una figura clave del fenómeno clave de la segunda mitad del siglo XX, el pop-rock, con el que nos criamos y en el que nos hicimos estéticamente. Fue en esa época en que a la gente le dio por divertirse.



Os dejo un enlace a Starman.


sábado, 9 de enero de 2016

Dámaso Alonso

Hay un libro que es imposible no reseñar como uno de los más importantes poemarios escritos en español. Me refiero a “Hijos de la ira” de Dámaso Alonso. Un libro poderoso, lleno de excesos, en que el poeta pierde el control de los adjetivos, pero que, a pesar de su imperfección producto de las palabras gruesas, alcanza la perfección distinta de un poeta que escribe sin ningún freno.
Dicen las crónicas que Dámaso Alonso no había cosechado demasiado eco con sus primeros libros, cuando se insertaba dentro de la generación del 27 como un actor secundario. Pasada la guerra se da el banquete de verso libre con reminiscencias de la tradición mística, con ese algo de la literatura americana, y al mismo tiempo, haciendo vibrar a nuestro idioma, el español, casi en cualquier verso, con una inventiva metafórica sorprendente. A causa de ello pasa a un primer plano destacado y hoy, la verdad, raramente se le recuerda.
Tenía 45 años, la edad de alguien que ya ha circulado por aquí y ha vuelto, y sabe de qué va esto de vivir.
Tremendismo, sí. Exceso, también. Pero un ejercicio de lenguaje y exactitud rítmica. Retrato al fin de un país muy negro, por el que todavía vagaban hambrientos mendigando un plato de sopa, y en el que la arrogancia de los vencedores aplastaba a los derrotados alimentando un odio que se aplacaría muy lentamente, durante tres largas décadas.
Me quedo con el final de uno de los poemas, titulado “La injusticia”:

“Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón,
bestia maldita.

Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.”



Si queréis oír el poema en la propia voz del autor y leerlo completo, clic aquí.