domingo, 10 de abril de 2016

Los 90

No nos perdimos en un dédalo,
nos perdimos en una planicie.
No fue un descenso a infierno alguno,
sino una visita a un edificio abandonado donde en algún tiempo
hubo algo.
Es esa hipótesis,
la de que en algún tiempo hubo algo,
la que nos hacía buscar algo.
Esa es la forma en que nos perdimos.
No fue un extravío en las convulsiones de un saber arcano,
al estilo de la cábala o la alquimia,
los misterios medievales de alta metafísica,
la oscuridad original del lenguaje y por tanto del ser
sino en la línea simple de lo insustancial
elevado a la categoría de mundoconfigurativo.
La memoria trata siempre de dar hilo de oro a los perfiles
de lo perdido
unta de vaselina el angular del visor por el que traemos
con ceremonia excesiva lo banal a comparecencia.
Y aquello fue un extravío comandado por perfectos inútiles,
el inane montaje de mediocres mercachifles,
que nos llevaron de la mano hacia un desierto
de literatura magnetofón e historias
de falsos profetillas disfrazados de politoxicómanos
o miembros de grupos de rock gótico.
Fue tan ridículo.
Mientras íbamos de un lugar a otro,
de un bar a otro,
de una noche en blanco
a un día pegajoso de resaca
en un descenso por una escalinata infinita
hacia el mismo inicio de otra escalinata infinita
rodeados de estruendo.
Leíamos novelas.
Alguien hablaba de algo llamado dirty realism,
lenguaje secreto de las grúas,
quién se acuerda de todo aquello?
Y aquí,
algún aprendiz de poeta beat,
alguna maníaca a lomos del plagio
vendía copias evidentes de Lacoste
diciendo no es un Lacoste,
pero lo es, creedlo,
poniendo
cara de no,
no he conseguido esto acostándome con alguien,
hombre o mujer,
qué más da?
Y luego todo reducido a una entrevista,
qué risa,
En aquella cosa pintoresca
llamada País de las Tentaciones.

Nos perdimos en oficinas vacías,
cubiertas de polvo,
en las que no había nada,
más que un cristal roto
por el que observar un solar repleto de viejas máquinas
transformadas en chatarra,
aquellas lecturas del gran mayo del 68,
que habían equivocado los síntomas
y tampoco servían, es lógico, para ningún diagnóstico.
Perdimos precioso tiempo
en trenes subterráneos
hojeando papel reciclado que reinventaba
un mundo imaginario con piezas inconexas
de algo que fue real,
para hacer una comedia del arte que suplantara
la árida verdad:
el que tiene el poder,
el que lo ha conseguido,
no lo ha logrado para abolir la esclavitud,
sino porque precisamente le rinde culto,
porque quiere esclavizar,
quiere asegurarse los coitos
o simplemente le gusta que le muestren obscena pleitesía.

En ese desierto nos perdimos,
supimos que carecíamos de alma
y de metafísica,
flotábamos en una aerostática exhibición de egos sin talento.
Fue muy tonto.

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