lunes, 25 de abril de 2016

Jaroslav Seifert



Admiro la sencillez de los poetas checos y su habilidad para crear cargas de profundidad con sencillas palabras. Tal como decía Eduardo García, recientemente fallecido, los poemas no se hacen con ideas, se hacen con palabras. Escogerlas, como quien revuelve en la caja de los botones, es una lenta tarea en la que recrearse mientras el corazón arde. Seifert, en ese aspecto, hace mucho con poco. Nos guía con suavidad a su mundo de rememoraciones. Y allí nos encontramos mirando hacia donde él nos pide que miremos.


PUERTA DE LA PÓLVORA

Cuando solía bajar corriendo
desde la periferia a la Puerta de la Pólvora descubrí Praga.
Me metía por las callejuelas antiguas
y sentía un estremecimiento.

En las cervecerías tintineaban los vasos
Y el amor arrastraba allí, por el empedrado, sus pobres encajes.
Y yo corría hacia la Plaza Vieja
y seguía hasta el río.

Por Navidad había mercado en la plaza.
Al atardecer los vendedores encendían las llamitas de las lámparas de gas
y colocaban las naranjas en sus cestas formando pirámides
como los artilleros colocaban las balas junto al cañón antes de que empezara la batalla.
Y fue ese el tiempo infinito de las soledades de un muchacho.

Una vez me sonrió una chica desconocida.
Sostenía entre los labios una rosa rota ya un poco marchita,
y me susurró algo a los ojos.

Me di a la fuga y escapé por la Puerta de la Pólvora,
y al meter la llave en la cerradura de mi casa
aún me latía el corazón.

De todos modos, en mi vida, nunca he huido del amor.
¡Triste rosa! Se marchitó sin mí.
Pero posiblemente en ese punto empezó todo.
¡Fue ella! ¡Fue la rosa!

                     De El cometa Halley, 1967.



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