martes, 9 de febrero de 2016

DE EL RUBIUS A LOS POETUITS

En esta semana de escándalos titiriteros y demás ha ocurrido algo que quizás haya pasado más desapercibido. En El Mundo se publicó una entrevista a uno de los comunicadores de más éxito en la zona de habla hispana que es, con permiso de SoyGermán, ElRubius. En la misma entrevista se le trataba de tarado, de fenómeno, o como se dice ahora, de friki. El chaval se ha enfadado con motivo, porque la entrevista se recortó para dar esa impresión lamentable de él.
No es esto a lo que voy, sino a la perplejidad en que nos sumimos algunos ante fenómenos como los gamers y youtubers o, en otro terreno, por ejemplo, los programas de cotilleo tipo Sálvame. Son fórmulas de éxito que tienen millones de seguidores y que nos parecen vulgares, tramposas, poco elaboradas, pero sorprendentemente influyentes a pesar de ser cochambre creativa. Hay un vídeo muy divertido en el que consultan a Carlos Boyero sobre la calidad de los vídeos de Elrubius. El hombre se despacha a fondo, con su habitual voz chillona y su tono monocorde, poniendo de despropósito todos esos vídeos de youtube, mientras sobre su hombro puede contemplarse a Elrubius haciendo el mamerto con un efecto de una comicidad indiscutible. (Es, a traición, el viejo número del clown y el fidelio).
En efecto, los vídeos de Elrubius carecen de calidad cinematográfica, cuando no son más que largas peroratas con el fondo de un videojuego, o los programas de la serie Sálvame, y demás, se limitan a representar una trifulca más o menos organizada sobre los hábitos sexoamorosos o familiares de distintos personajes sin oficio ni beneficio. Entonces, ¿por qué ese éxito?
Haré una comparación gastronómica. Antes de que llegara la era industrial la gente ya estaba enamorada del azúcar y la bollería en general. Se producía en pequeñas cantidades, en cada casa, en forma de deliciosas rosquillas, dulces varios, tartas. En eso llegó la industria y logró producir algo de una calidad inferior, meterlo en una caja o en una bolsita y venderlo masivamente, con la ventaja de ahorrarse el engorro de ensuciar toda la cocina para amasarlo y hornearlo. Basta con ir a la tienda o al supermercado, sacar unos euros y atiborrarse de ellos. De forma limpia y automática.
Bien, pues tanto Elrubius como Sálvame son productos de ese estilo. Cubren hábitos preexistentes. En el caso de Sálvame se ha empaquetado y serializado el cotilleo de patio de vecinas y además se ha descubierto que no hace falta hacerlo con personas que sean célebres por algo, sino que basta con que tengan algo de chispa, con que representen a los roles tradicionales del barrio o el pueblo.
Los youtubers en cambio cumplen con el papel asignado tradicionalmente al hermano mayor, al camarada de más edad que habla como a los chavales les gusta hablar, con sus temas, clichés y cuestiones recursivas, el iniciador en la adolescencia en que todos nos fijamos. Bien, Youtube ha conseguido empaquetar ese producto, serializarlo y servírselo a los chavales sin necesidad de que salgan de casa (matiz que considero clave). Antes se iba al parque o a los billares y allí se encontraba uno con esa figura, que era el pequeño héroe doméstico en el que queríamos convertirnos. Ahora basta con encender el tablet o el pc. El desaliño de los vídeos, tan grosero, en vez de ser un inconveniente provoca un efecto de verosimilitud que engancha a los chavalines. Que los youtubers dominen con naturalidad los códigos, el argot, es asimismo crucial.
Podemos enfadarnos con que sean así las cosas, pero conviene comprender que hay una razón profunda para que estos productos existan.
En nuestras ensoñaciones desearíamos una legión de lectores de los clásicos, de amantes de la música clásica o visitantes arrobados de las pinacotecas. En cambio, tenemos una multitud de espectadores de Sálvame y seguidores de Youtube, pero en la misma proporción en que en el pasado había mucha gente con hábitos populares y poca gente con gustos intelectuales o que fueran amantes de las bellas artes. Cualquier intento de ingeniería social,  para alterar las proporciones en este aspecto, se expone a chocar de forma frontal con el fracaso y la frustración, como bien sabemos los que somos aficionados a artes minoritarios.
No hay que rendirse desde luego, pero tampoco debemos hilar un discurso apocalíptico sobre los hábitos de consumo de la generalidad.
Tanto Sálvame (aunque debería referirme al original de Canal Nou, Tómbola), como Elrubius son obras cumbre de su género y la gente consumidora de los mismos los recordará con regocijo siempre, por doloroso que nos resulte reconocerlo.
De hecho, algunos nuevos productos comienzan a enterrar a otros medios de masas. Hasta Sálvame está siendo aniquilado por las otras estructuras semejantes al cotilleo de patio de vecinos, como son Whatsapp, los foros y demás. Pronto todo aquello que era marcadamente comercial se volverá gratuito, porque en la era del doityouself no van a ser necesarias complejas estructuras de producción. Aviso para navegantes.
No olvidemos que los Youtubers o los programas de chateo no han necesitado de promoción masiva, entraron en nuestras vidas como el cuchillo en la mantequilla y se acomodaron a velocidad de vértigo. Lo que demuestra que determinados hábitos requieren de toneladas de ingeniería social en forma de publicidad comercial o fondos públicos y a otros les basta con unos gramos de sentido de la oportunidad.
En el caso de la poesía, por ejemplo, género que se definía a sí mismo como esencialmente anticomercial, se ha demostrado que hay alternativas que son profundamente comerciales. Fenómenos como los poetuits, Elvira Sastre, Marwan, Ojeda, Salem y demás, han recogido cifras de venta inusitadas con una poesía de insti aceleradamente encuadernada y vendida. De hecho, incluso se ofrecen en los supermercados y en las librerías se destacan sus títulos en un aparte. Amores y desamores, prospecciones sexuales más o menos desafortunadas, son los contenidos para estas nuevas generaciones del 15M, en las que pide todo el mundo su derecho a hablar, por pobre que sea su discurso. La existencia de estos autores y estas obras y su importante difusión son posteriores a una demanda no detectada por los altamente culturalistas editores del género. No entran en competencia con la poesía tradicional como no lo hace Elrubius con las producciones de Hollywood. No son el mismo género. De hecho, difícilmente saltarán sus lectores a la poesía, digamos, seria.
Hablando en plata: en mi clase del instituto, las chicas, sobre todo, escribían sus poesías en folios con su redonda letrita de adolescentes y la acompañaban de dibujos, con sus ñoñas rimas y sus sencillas evocaciones al amor y al sexo light y se las intercambiaban. Ese hecho lo ha detectado recientemente una industria cada vez menos bisoña, lo ha empaquetado (como ocurrió con la bollería industrial) y ahora lo vende serializado en formatos adecuados al lector. Lo ha, además, desarrollado acorde al fenómeno fan. (¡Quién lo diría!). Curiosamente se está dando espacio a alguno de esos autores en el entorno de las colecciones, digamos, serias. Es humanamente comprensible: no todo va a ser acumular pérdidas.
Al igual que nos pasaba con Elrubius o Sálvame no debemos dejarnos llevar por malos augurios. Todos esos lectores de esta poesía simple, que habla de sentimientos, de este beat venido a menos y esa poesía de la experiencia reducida a la autoayuda y los posters de gatos, no son lectores de poesía en el sentido tradicional. Se les parecen, pero son radicalmente distintos.






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