sábado, 19 de diciembre de 2015

Inger Christensen

Me apetece hablar hoy de un libro, Eso, cuya traducción ha sido editada por Editorial Sexto Piso. La autora es una danesa, Inger Christensen, a la que me he acercado por primera vez gracias a esta edición maravillosa. Es vanguardia, así que puedo escuchar ya el abucheo de los talibán de la línea clara (que a veces de clara se vuelve insípida).

Pero Eso es experimentalismo radical que nos atrapa, que juega hasta la extenuación con las texturas semánticas de la palabra. Desgraciadamente no puedo valorar con justicia el libro en lo fonético, en lo rítmico, puesto que su primera escritura es en danés, lengua de la que me separan unos cuantos años luz. Francisco J. Uriz y su sabiduría nos tienden un puente hasta ella.

Es genial poder disfrutar de estos hallazgos.

Copio uno de los muchos poemas. Pag, 141:

(De EL ESCENARIO)

5

Mi mundo es discontinuo
            en relación al mundo en su totalidad
            y en relación a ti
            tiene alas

Mi mundo es un lenguaje que atraviesa el agua
            con sus resplandecientes nervios ramificados
            y alcanza al sol en el agua aleatoria generosamente
            Aun así tiene alas

            Alas de agua

Y quiero decirte que tiene un cierto efecto
            tiene un cierto efecto de cosquilleo
            un júbilo por la ausencia de causa
            Da un salto dice el mundo y yo vuelo

Así ahogo mi mundo en el mundo

                                                           Det, 1961


martes, 15 de diciembre de 2015

Almudena Guzmán

Hoy estoy un poco tontorrón y me he puesto nostálgico recordando el final de los años ochenta, de aquella época de descubrimientos. Siempre he sido un lector malo, discontinuo, muy infiel, que va de un sitio a otro sin demasiado sentido. Pero me doy cuenta, al repasar lo que leía entonces, que lo era menos de lo que sospechaba. Por entonces leía y releía a, como no, Gil de Biedma, Ángel González, el primer Valente, a Dámaso Alonso, a Cernuda. Esto era lo que se llevaba la mayor parte de mi tiempo. Y empezaba a buscar entre las novedades dando por lo común con poetas como Clara Janés, María Victoria Atencia y jóvenes que irrumpían con enorme fuerza, como Ana Rosetti, Blanca Andreu, Luisa Castro (maravillosa), Inmaculada Mengíbar y, como no, Almudena Guzmán.
Usted.
Usted era el poemario que me hubiera gustado escribir. Una suerte de novela lírica, llena de versos falsamente sencillos que deslizan con suavidad un ambiente, una forma de amar en que me veía y veo muy reconocido. Ya lo sé, es raro que un hombre, heterosexual, como yo, comparta inquietudes con una mujer como Almudena Guzmán. Pero era, y es, así.
Usted es un gran libro, en el que no hay ni un solo poema que flojee. Todos son poemas inspiradísimos. Lo normal es comenzar a leerlo y no parar hasta la última de sus páginas. Esto no me ha pasado casi nunca, salvo con un puñado de libros. Usted se lee con una facilidad que roza lo hipnótico. (Da rabia no descubrirlo de nuevo, volver a leerlo como cosa nueva).

Venga, un poema de Usted:

“JUSTO el día en que llevo gafas y un jersey horroroso
usted descubre mi arrinconada existencia.

Le hablo con la sorpresa de no sorprenderme al tocar una ardilla.

Y contengo como puedo este alud de labios
para no abalanzarme sobre su nuca
mientras guarda, de espaldas a mi sombra creciente,

unos papeles en la carpeta.”.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

UN RELATO: "AYUDA"

Cuando mi amigo Enrique estaba a punto de morir, pidió que me acercara al lado de la cama en la que yacía. Tenía leucemia y había estado luchando con ella durante dos años y, todos lo sabíamos, estaba a punto de morir.
Me cogió de la mano –algo que jamás había hecho en tantos años de amistad –y no quiso pedirme nada, sino que se limitó a decir: “Cuando esté allá arriba, buscaré la forma de ayudarte”.
Al día siguiente lo incineramos.
Poco a poco, fuimos volviendo a nuestras vidas, a pesar de ver cómo una persona joven abandonaba de una forma tan injusta este mundo.
Lo cierto es que las cosas empezaron a irme muy mal. Perdí el trabajo que tenía en una gran empresa y fui vagando de puesto en puesto, cada vez en empresas más pequeñas e insolventes hasta acabar en un paro duradero. Una vez que se me acabó el paro, estaba a punto incluso de perder la casa. La hipoteca era muy alta y mis ingresos cada vez más exiguos.
Entonces surgió una oportunidad estupenda. Tanto, que podía ser “la” oportunidad. Me ofrecían a través de una amistad un puesto de trabajo en un colegio bilingüe para enseñar en inglés. Había estudiado inglés desde los siete años, pero nunca lo había hablado. Conocía muy bien la gramática. Era capaz de escribir con cierta solvencia. Leía textos en inglés y conseguía traducirlos de forma simultánea, como si leyera un texto escrito en español. Pero no lo hablaba. La última torpe conversación en inglés debí de tenerla veinte años atrás. Desde entonces mi boca no había pronunciado palabras inglesas más que para mal cantar alguna canción. Sin embargo estaba tan necesitado del trabajo –un trabajo bien remunerado- que me lancé a tener una entrevista de empleo para la que sabía que no estaba preparado.
Me citaron a las seis y llegué con un ligero temblor de piernas y el deseo íntimo e intenso de salir corriendo, pero me forcé a seguir allí hasta el final. La negativa ya la tenía. ¿Qué podía perder, después de tanto fracaso, excepto lo poco que me quedaba de dignidad?
Silvia, una mujer de unos 45 años, comenzó por lo habitual; hablar del currículum, sondear algún aspecto personal... Por fin llegó el momento que tanto temía. Íbamos a charlar un poco en inglés. Empezó a describir –ya en inglés– la distribución de las clases y de los horarios. Y me preguntó por la disponibilidad de cumplir con esos turnos de trabajo.
Tragué saliva y comencé a hablar en un inglés absolutamente fluido, incluso con expresiones que no sabía que pudiera dominar. Fui de un tema a otro tema durante diez minutos sin que Silvia, mi interlocutora, dijera nada. Finalmente me felicitó.
–Es más, tiene usted un acento magnífico de Virginia, el lugar donde estudié cinco años. ¿Ha estudiado también en Virginia?
Me quedé anonadado. En un arranque de sinceridad reconocí que mi inglés era de escuela oficial de idiomas y gracias. Que estudié la carrera en España y que desconocía tener un acento de Virginia y, más aun, no sabía cómo podía llegar a tenerlo.
Silvia cogió un teléfono y llamó a un colega, un australiano, para pedirle opinión sobre mi acento. Thomas era un chaval alto y sonrosado. Me interpeló en inglés y le contesté con la misma fluidez con la que lo había hecho anteriormente.
Thomas lo admitió, era increíble pero mi acento era de Brisbane, el lugar de donde procedía y donde se había criado.
Por supuesto el trabajo fue mío y día tras día doy mi clase con acento de Cambridge, el más correcto a mi parecer.
Doy gracias a Enrique y a sus amigos anglófonos de allá arriba.