jueves, 19 de noviembre de 2015

Pedro Salinas

Hoy me he acordado de Pedro Salinas y de sus versos transparentes se que se lanzan hacia la pasión sin miedo.

Este poema, por ejemplo, de La voz a ti debida:

"¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría;
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí; si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: "No te vayas.""

Ya sé que no está muy de moda, pero vuelvo a leerlo con enorme placer de vez en cuando, con envidia de su versificación precisa y con admiración por su elección de tema, el amor, tan arriesgado.



jueves, 12 de noviembre de 2015

EL LENGUAJE NO ES LA CASA DEL SER, NI AHÍ HABITA EL HOMBRE, NI LOS POETAS SON GUARDIANES DE ESA MORADA

Dice Heidegger en la Carta sobre el Humanismo cosa tal como “El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de esa morada”. Toman energía estas sentencias cuando se repiten ahuecando la voz o desarrollándolas en textos de cuidado laconismo. Eso da opción a que muchos otros, que sospechan que, por el estilo, se ha expresado una verdad poderosa, las apliquen en sus muchas maniobras de apoderamiento del espacio simbólico.
¿Quiénes son esos? Hoy por hoy, casi cualquiera que le dé por defender su lengua materna, por raquítica y moribunda que sea. Si hay lengua, es decir, si hay lenguaje, hay esencia diferenciada y hay morada distinta. De ahí a reclamar una nación “natural” por esencial y “diferente” no hay más que un paso.
Bien, pues vayamos al origen, ¿cómo accede Heidegger al mistérico conocimiento de la correspondencia entre el lenguaje y el ser? ¿Puede él remontarse, si esto es así, por encima de aquello de lo que hace que meramente se exprese? ¿Con qué especial herramienta extraóntica? Una vez más, tratamos de sacarnos del agua estirando de nuestro propio pelo. Sin embargo, no nos demoremos en esta aporía. Sigamos un poco más.
¿Cómo sabe Heidegger que hay un ser? ¿Qué fantasía metafísica puede conducirle a buscar condiciones de posibilidad a la fantasmagoría de una relación ente-esencia aplicada al todo?
Bien, esta idiotez sofisticada, da coartada al irracionalismo desde hace décadas. No es mi intención comenzar un combate dialéctico con los heideggerianos de todo pelo, que no puede conducir más que al tedio de una esgrima interminable, cuando en lo básico, lo que vengo a afirmar es muy sencillo: preguntar por el ser es tan estéril como buscarle atributos a Dios, un capricho inmotivado que sólo responde a la prolongación de vocablos a los que se sospecha alguna intensión. Sinceramente, tenemos la obligación de esquivar el debate desde sus posiciones o contra sus posiciones. Debemos limitarnos a buscar su genealogía, como se busca en arqueología el linaje de cualquier caprichoso simbolismo.
Suele encontrarse uno con Heidegger aquí y allá. Como todo lo que produce malas digestiones, la metafísica debe aplacarse con un antiácido, para bajar sus ardores. Sin antiácido, pasan muchas horas hasta que la pesada comida se digiere. Entre tanto deja un rastro de malestar y pesadillas.
Recuerdo hace un año una visita por aquí del novelista y poeta Manuel Rivas, a la sazón un representante de la izquierda, en que en arrebato místico-poetástrico volvió a afirmar que la poesía funda el mundo. Me sorprendió que se citara a un filonazi para justificar ciertas cosas. Digamos que tenía un día poco fino. La poesía funda el mundo, nada menos.
No veo cómo. Sin embargo tenemos que reparar en que casi cualquiera que aspire a un flujo de subvenciones va a manifestar el carácter sacrosanto del lenguaje, es más, de la lengua, para seguidamente tomar esta como coartada para fundamentar y reclamar la fundación de algún tipo de nación natural. Los guardianes de esa morada, claro, son los poetas. Y seguidamente se alarga la mano para que caiga alguna subvencioncilla, se monte algún sarao del que se derive unos, aunque sea pírricos, ingresos.
Es lógico plantear las cosas así, ante la ausencia de lectores de poesía, y por lo tanto, la casi total ausencia de mercado. Si nadie está dispuesto a dar su dinero de forma espontánea, mejor pedírselo al Estado (en las muchas formas en que se manifiesta en nuestro país, España) y nada mejor que presentarse como guardianes del lenguaje, es decir, del ser.
Al parecer, ser educado en una u otra lengua, condiciona nuestra condición humana de forma tan esencial que nos empuja a formar una tribu junto a los que usan nuestras mismas palabras.
Vamos a jugar a los experimentos mentales. Imaginemos a un niño que es educado en dos lenguas: inglés y español, por ejemplo. ¿Qué le ocurre a este niño y después adulto? ¿Es una especie de Jano Bifronte, un esquizofrénico esencial? No lo creo. Simplemente ocurre que es capaz de expresarse en dos lenguas diferentes, es capaz de comunicarse con dos grupos de hablantes diferentes. Entonces, el ser, ¿cómo se expresa en su habla? ¿Es esa persona “en sentido esencial” inglés o es español? ¿O es un apátrida, un engendro insoportable?
Estas ideas estúpidas, esta insistencia en el ser, en la morada del ser, en las naciones naturales, en la raza o lo que sea que sirva como excusa para amalgamar tribus, han costado mucha destrucción, muchas vidas, y siguen costando muchos conflictos que no traen más que sufrimiento individual y colectivo. Son deslizadas en cada discurso más o menos nacionalista, sirven para establecer castas que gestionen todo lo relativo a la nación natural, permiten justificar funcionariados nutridos que muevan el papeleo de la burocracia de la nación natural, y, no lo olvidemos, permiten la creación de despachos en los que ubicar a personajes que se presentan como guardianes del lenguaje.
Sin nación natural, sin todo este ceremonial sacralizante de la lengua y la “cultura”, podrían irse tranquilamente a su casa.
Para este tipo de personas España es, desde luego, el lugar ideal. Un país como el nuestro, con el récord de facultades de todo tipo, que está inundado de tejido universitario, que además está dividido en satrapías, todas las cuales buscan exhibir sus rasgos identitarios propios, da muchas oportunidades a los “estudiosos” que van a administrar el nuevo sacerdocio: la cultura. No el mercado del arte o la literatura, sino otra cosa: la cultura.
Hace poco, en Aragón, se ha presentado el proyecto de convertir la fabla aragonesa en lengua vehicular de la educación de los niños aragoneses. Esta fabla es practicada por unos cincuenta mil hablantes. Bueno, pues este débil estribo sirve para construir una singularidad que dé de comer a mucha gente, pero que restará solidez a la educación de generaciones de personas nacidas en la Comunidad Autónoma de Aragón. Sin embargo permitirá presentar un proyecto de burocracia que acabará en el momento que se alcance el status de “territorio histórico”. Mucha gente comerá de ahí. Muchos congresos, actos, asociaciones, publicaciones se derivarán de la necesidad de dar cuerpo a la ficción de la identidad aragonesa.
El ejemplo de Aragón es uno cualquiera. Podríamos dar otros.
Señores: ni el lenguaje es la casa del ser, ni los poetas son guardianes de su morada. Las lenguas son meras herramientas de cooperación colectiva, que son permeables a la traducción, y que además proceden de troncos comunes, de lenguas más antiguas que el uso cotidiano ha ido tallando en lo fonético, lo gramatical y lo semántico. No representan nada mistérico ni esclarecen ninguna esencia del hombre, son simple manifestación de su actividad como especie, una forma de acercarse a lo circundante y establecer determinadas praxis, a las cuales sirven. Por eso se pueden aprender varias lenguas y se pueden traducir. Por eso las personas no presentan sello originario alguno que les obligue a delimitar una frontera tras la que situarse con actitud de recelo.

Y en cuanto a la poesía: no es más que un juego. A veces un exhibicionismo, a veces una pirueta plástica que facilita una forma de gozo moral y estético.


El bueno, es un decir, de Martin Heidegger.