miércoles, 2 de septiembre de 2015

Whiplash

Antes de nada: ¿cómo es que no has visto todavía esta película? Corre a verla.
Hay dos aspectos al menos de Whiplash que me parecen interesantes. Lo que muestra a primera mano la película es un duelo a vida o muerte entre un profesor de jazz y su discípulo, en que se enfrentan dos personas, pero, desde mi punto de vista, lo es en apariencia. En realidad encuentro en Whiplash una metáfora del duelo a muerte de un artista y su deseo de perfección. El tremendo personaje que interpreta J.K. Simmons representa la conciencia, el ansia de epatar que espolea al artista en formación, el joven batería Andrew Neiman. Un duelo interior que viven de continuo los artistas muy ambiciosos. Los vaivenes a los que somete el tiránico profesor equivalen a los altos y bajos que se experimentan en las tareas de creación y formación artística. Quien se haya enfrentado a la creación desde una perspectiva seria lo comprenderá. Cierto es que esta forma de ver la vida resulta incomprensible para los demás, no tiene el más mínimo sentido. Este tema ya ha sido tratado muchas veces en la literatura y en el cine. En el cine uno recuerda, por ejemplo, “El tormento y el éxtasis”, comprende el brutal monacato al que se someten los artistas con tal de brindar al mundo motivos de disfrute que, amigo, tal vez no comprendan o simplemente no disponga de tiempo o predisposición para atender. En ese aspecto, el artista ni siquiera debe salir al mundo, sino que su mundo está en su lucha interna, la agonía por conseguir un pulimentado objeto de gozo. Así que Whiplash es la conciencia del baterista abierta en canal, cuya máxima de conducta, materializada en el brutal, despiadado hijo de puta, Terrence Fletcher, le somete a tensiones que amenazan con destruirle o hacerle llegar al cénit del virtuosismo. Lo que el mundo disponga es, desde luego, secundario.
Sin embargo, y este es el segundo aspecto interesante de la película, el artista no logra entender del todo esta realidad, la sencilla comprensión de que el mundo rara vez devuelve al artista lo que pone en él, es decir, su vida de sacrificio, como decíamos, su monacato. Queda patente en la escena de la reunión familiar, durante la cual se ponderan los logros deportivos de uno de los primos y es cortésmente ignorada la aventura descomunal que ha emprendido el baterista. Nada menos que emular a los titanes del jazz, para llegar a formar parte de ese olimpo. Pero, claro, ese olimpo, esos dioses lo son de un reino muy exclusivo, casi privado. Son dioses a los que casi nadie rinde culto. Y esto enlaza con la poesía, a la que está dedicada mi vida y este blog, y a la falta de audiencia y de comprensión de los que nos rodean. La trayectoria del poeta, cuyas audiencias son mínimas, semeja en cierta forma a la de los increíbles músicos de jazz, creadores de un género que ha dado médula musical al siglo XX. Del mismo modo, desde la poesía se desarrollaron las vanguardias, que dotaron de arsenal revolucionario a los otros géneros. Ser poeta hoy en día supone enfrentarse a esa falta de eco.
Dice Terrence Fletcher, refiriéndose a la falta de autoexigencia, que “no le extraña que el jazz se esté muriendo”. Este es uno de los juicios más equivocados de la conciencia del baterista. No es la falta de autoexigencia lo que margina y hace fracasar al arte minoritario, sino el desajuste entre lo que el mundo demanda y está en condiciones de relajadamente recibir, y lo que el artista, entregado a fabricar placeres indescifrables, puede ofrecerle. De nada vale enfurruñarse o criticar lo que nos rodea, es decir, las preferencias de la gente, corriente o menos corriente. Al fin y al cabo la creación, la búsqueda árida y dolorosa, no tiene otro sentido que el objeto artístico, su impacto en las masas supone un segundo momento totalmente independiente del primero, la creación.
Puede verse además Whiplash realizando comparaciones con otra magnífica película reciente ambientada en los círculos musicales, “El último concierto”. Hay una escena en esta última, desarrollada en una clase, diametralmente opuesta a la de Whiplash, que imparte el personaje interpretado por Christopher Walken. Cuenta una anécdota sobre el gran Pau Casals. Es en ese punto donde dialoga con esta otra, Whiplash, cuando se refiere al comentario que Pau Casals hizo, demostrando una memoria prodigiosa, al protagonista, comentando una a su juicio desastrosa ejecución en su juventud. Viene a decir que en ese mar de incorrección, Pau Casals se quedó con algunos detalles que le parecieron valiosos, insólitos y dignos de ponderar. Frente al maximalismo del tiránico Terrence Fletcher, el sutil Pau Casals, que anima a seguir, que disfruta del momento singular que chispea por un instante mágico, por poco correcto y falto de interés que fuera lo que le acompañaba como mal aderezo.
Una dialéctica interesante en la que, a mi modo de ver, triunfa la apuesta de “El último concierto”. Sin olvidar la autoexigencia, el balance final, el análisis más justo de nuestra existencia, y nuestra aventura artística, pasa por tener un puñado de buenas ocurrencias, de momentos felices en que se llegó a algo estimulante y gozoso. Lo otro es masoquismo, es decir, nihilismo, es decir, cristianismo, algo de lo que nos debemos alejar por pernicioso. Terrence Fletcher encarna al demonio que llevamos dentro: el miedo al fracaso, a no ser suficientemente “buenos”, que se manifiesta en el cruento autorreproche.


Esta es la versión de Whiplash de la película:



Una versión que me gusta más: