jueves, 23 de abril de 2015

Día de los muertos, Día internacional del libro

Sostiene Platón en el Crátilo que la lengua escrita es letra muerta en contraposición al logos vivo que se expresa, aunque defectuosamente, al menos sí in extenso, a través del lenguaje hablado (e interpelado) en el diálogo y el discurso. La lengua, las palabras son copia infiel de ese algo otro que es el mundo. De modo que la letra escrita es víctima de una doble copia, lo que la convierte en una abominación intolerable.
Con estas condiciones se inicia el viaje filosófico del problema de la aprehensión de lo real y del logos cuyas mayores glorias tienen evento en el trascendentalismo (en sus diversas versiones) y el más moderno giro lingüístico (y todas sus ramificadas apariciones). En definitiva, Platón niega lo que él mismo hace. Amortajar la letra. Aunque la elección de la forma del diálogo intenta simular un logos vivo, resulta evidente que nada lo diferencia de, por ejemplo, el poema de Parménides.
Vivimos en la era del libro, es decir, en sentido platónico, una era forense.
Nos manejamos con cadáveres. Producimos cadáveres. El trayecto desde la antigüedad, una era muy vital, en la que los rapsodas recitaban los poemas épicos, los filósofos y ciudadanos se reunían en el ágora, hemos viajado a una época en que se acumulan en las estanterías y almacenes los pestilentes despojos del logos.
Todo conduce en nuestro tiempo a salvaguardar esta labor de mortaja. Las leyes, que protegen incansablemente el derecho de autor y bloquean la difusión; la industria editorial, que consagra el cadáver con la morosa elaboración del libro, todos esos meses, correcciones, esperas, para centrarse en la aparición de lo que, a juicio de Platón, es algo inane.
Cuando el libro llega a las manos del lector ha muerto tantas veces, está tan en absoluto muerto, que esa misma circunstancia lo convierte en un fetiche.
La nuestra es una era rara. La diversificación de las artes completan esta extensa y agónica labor forense. Las formas elegidas -el lienzo, el cine, el libro (en todos sus géneros), la fotografía, la música compositiva- son todas ejemplares de este sensacional culto al cadáver de la realidad y del logos que se alimenta de ella.
Bueno, pues hoy es el Día Internacional del libro, que no es sino la fiesta de la muerte y de las numerosas mordazas del logos.
Una época titánica como la nuestra, con un planeta superpoblado y por ello sometido a tensiones ciclópeas, necesita de una labor tenaz de amordazamiento. Afortunadamente hoy esta sujeción se ejecuta con sutileza, por medios más suaves y eficaces que el totalitarismo iconoclasta de otros tiempos.
Sin embargo, algo se está desajustando. La irrupción de un medio de difusión tan potente como la red ha debilitado el dominio de los medios de difusión en los que se basaba el control del logos libre. Puede que hayan caído en un problema sin solución las editoriales que aspiraban a trazar tendencias y a sujetar definitivamente al logos. Toda esta difusión y toda esta discusión viva que menudea en los medios libres, todo ese arte liberado de los espacios expositivos habituales, consuman una rebelión que tiene a todo el mundo de los nervios.
Se realizan recuentos cuasihistéricos del cierre de los medios tradicionales de distribución, ese columbario que son las librerías, de las cifras de venta, del impacto del e-book en la venta del libro en papel.
Se extingue un modo de vida. La aparición de internet está alterando los formatos y con ello todo lo que se hacía necesario en la distribución del libro de papel, desde las editoriales a los lugares donde se comercializaba este objeto cadavérico, el libro.
Con la desaparición de todo ello se manifiesta una incertidumbre. ¿Se perderá algo irreparable con la desaparición del libro de papel?
Creo que sí.
Aunque vivíamos en un panorama que demandaba urgentes dosis de libertad, el sistema editorial conseguía algo que considero una conquista colectiva. La acumulación de títulos, trillada minuciosamente por la crítica y la academia, conformaban algo que pudo no tener en cuenta el bueno de Platón. Esa montonera de cadáveres, alojada en las librerías y bibliotecas, componen un logos colectivo de carácter no esencial, proteico, pero básico en la prosperidad de nuestras sociedades.
Y eso nos remite a la salvaguarda de los que estructuran y trazan líneas de sentido colectivo de esas cenizas de logos a partir de las cuales reconstruir en la arqueológica prospección de los lectores. La situación por eso es preocupante. No porque los editores, correctores, impresores y libreros pierdan su medio de vida, sino porque con su desaparición se debilite ese logos colectivo que se estructuraba de forma más o menos coherente.
Esto nos obliga a un esfuerzo suplementario. Y ese esfuerzo tiene altas dosis de altruismo. Hay que trabajar gratis. Escribir gratis, leer y estudiar gratis. Porque aquellos medios por los que se podía hacer de la labor literaria, crítica o academicista una profesión han caído en una crisis muy grave, de la que no van a reponerse. Los fetichistas del papel, el último aliento del mercado de las editoriales en papel, no tienen músculo suficiente para aguantarlo todo. El Estado no ofrece garantías -y es casi mejor tenerlo lejos.
La parte positiva de todo esto consiste en lo que de libertad nos provee. Comienzan a menudear los encuentros para simplemente compartir la propia obra, sin otra pretensión, bebemos de la bocanada libertaria de las décadas de los sesenta y setenta, hacia la que miramos con una aspiración imitativa, por su estilo, su deslumbrante fertilidad, pero esas actividades, ese ejercicio de libertad de formato y contenidos, traen un cataclismo. Aquello que quisieron movilizar nuestros padres literarios y artísticos cuenta ahora con un instrumento potente, gratuito.
Es momento de decisiones.
Les voy a contar la mía.
Trabajaré, que remedio, gratis y seguiré yendo a las librerías, donde mi obra no tiene cabida, al parecer, a adquirir cadáveres, los fetiches, LOS LIBROS, eso que amo tanto.
Hay que vivir. Hay que crear. Lo demás son lamentos estériles.



jueves, 9 de abril de 2015

José Ángel Valente

Me gusta mucho, muchísimo José Ángel Valente. Y este poema me parece un muy gran poema, algo tardío en cuanto a las modas que empezaban a gobernar nuestra literatura de entonces (principios de los 70), pero un poema muy potente, con versos redondos de una sincera rotundidad. Esos primeros cinco versos...

"LUGAR VACÍO EN LA CELEBRACIÓN

Yo nací provinciano en los domingos
de desigual memoria,
nací en una oscura ratonera vacía,
asido a dios como un trapecio a punto
de infinitamente arrojarme hacia el mar.

Nací viciosamente pegado a los residuos de mi vida,
rodeado de amor,
de un amor al que aún amo más que a mis propios huesos
y al que sólo puedo odiar sin tregua
por habérseme dado para dejarse así morir
de triste, de irrisorio,
siendo mayor que tantas muertes juntas.

Yo nací vestido de mimético niño
para descubrir en tanta reverencia sólo un óxido triste
y en las voces que inflaban los señores pudientes
enormes anos giratorios
de brillante apariencia en el liso exterior.

Los pudientes señores llevaban bisoñé.

Después un viento hosco barrió la faz de aquella tierra.

Hubo prudentes muertos, cadáveres precoces
y muertos poderosos cuya agonía aún dura,
cuya muerte de pulmones horrendos
aún sopla como un fuelle inagotable.

Y yo empecé a cerrar entonces,
como toda la historia ritual de mi pueblo,
hacia adentro o debajo de la tierra,
en ciénegas secretas, en tibios vertederos,
en las afueras sumergidas
de la grandiosa, heroica, orquestación municipal.


Nací en la infancia, en otro tiempo, lejos
o muy lejos y fui
inútilmente aderezado para una ceremonia
a la que nunca habría de acudir."

El Inocente, 1970.