sábado, 23 de agosto de 2014

Vicente Huidobro


PREFACIO
Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer.

Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos

golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la

muerte.


Esto lo escribió Vicente Huidobro hace casi cien años para hacernos felices, para impactarnos en el centro de nuestra inteligencia y nuestro corazón. 
Él mismo lo editó y pasa a la historia de lo maravilloso e insólito. Pero Altazor sigue, es más, es oro puro poético. Cualquiera puede acceder a esta obra maestra de forma gratuita sin obstáculo alguno. Así se hacen las cosas.

martes, 19 de agosto de 2014

Luis Moreno Villamediana

Encuentro en la excelente revista Caravansari -que recomiendo vivamente- un poema estupendo, grandísimo, entre otros igual de grandes del poeta venezolano Luis Moreno Villamediana. En este número de Caravansari, el tercero, hay tantas cosas que casi producen un cierto grado de incredulidad ante la calidad y variedad. A todas estas virtudes añade su acceso gratuito, aunque su valor sea desde luego altísimo.

El poema.


CAPÍTULO A PROPÓSITO DE LAS RENOVACIONES]
hay que volver al pasado y destruir la casa vieja, con mandarria, mis padres, mis hermanos
y yo;
echar abajo los escalones de madera, teñidos
de cera roja;
cambiar la estructura del garaje, hacerla oscura, como una bodega;
darles menos luz a los pasillos;
mantener el jardín con la mesa de hierro, pintada de negro, y las sillas de hierro, pintadas de negro; mantener las negras hormigas del jardín, que comíamos, a veces, mis hermanos y yo, no por el hambre, sino por la costumbre, no siempre ejercida,
de alimentarse de bichos, menos usuales (bichos);
derribar el cuarto de huéspedes, en la planta baja;
abrirle una ventana a la cocina, que dé a alguna calle
flanqueada de tilos
y plátanos deformes;

a veces quiero traicionar mi infancia;
quiero un loco en un desván, alguien que cuente historias, de la guerra, de un paisaje, lunar y tranquilo, posterior a todo, de una vida de comerciante, o de mercero, en una ciudad de bajos edificios, muy cortos, de un amor postergado por varias mudanzas,
con caballos,
de país en país, hasta éste, cambiado, donde el loco hace ruido, con un plato de peltre, al mediodía, el loco, que pide la comida;
las traiciones modestas,

incompletas, sonsas,
no me llenan de culpa;
el Ser se forma de imágenes, también, recibidas de noche, en el sueño,
donde son comunes las metamorfosis;

pongo en mi puesto otro niño de seis, o siete, años, con los mismos juegos pero otras estaciones;
la casa igualmente ha mudado de aires; hay más eco, entonces, en los muros tiznados; va a empezar a llover por dos meses,
hay que ventear las sábanas, los guantes, las cobijas, y disponer las velas,
prepararse para seguirle el viaje de esquina a esquina a las arañas,

translúcidas e inofensivas,
y resistir los embates de la ciudad, que se hunde;
me emociona haberme separado de mí mismo,
al nacer